Era el año de 1964 y una pregunta llegó a la cabeza de algunos científicos: ¿podríamos comunicarnos con los delfines?

El neurocientífico John C. Lilly trabajaba en la llamada Casa del Delfín, unas instalaciones en la isla caribeña de St.Thomas donde intentó enseñar a hablar a los delfines en la década de los 60.

John buscaba saber si la comunicación entre especies era posible y usaba a los delfines gracias a su libro “Man and Dolphins”, un estudio que se hizo popular gracias a la idea de que los delfines, al poseer un cerebro más grande que los de cualquier otra raza no humana, podían poseer una inteligencia para comunicarse con las personas.

El libro al ser un best-seller no sólo llamó la atención del público, también captó el interés de la NASA que en ese entonces estaba muy interesada en investigar una forma de comunicarse con extraterrestres.

Para poder llevar más a fondo sus teorías de comunicación entre especies, Lilly mantuvo una reunión con astrofísicos, entre ellos Frank Drake y Carl Sagan, quienes le autorizaron los fondos públicos para realizar su controvertido experimento.

Tal vez sí hubo algunos avances durante los años que duró el proyecto, pero los métodos empleados sobre los animales sólo ensombrecieron el estudio.

Muchos años después de esos estudios, se dieron a conocer los métodos que aplicaban los científicos sobre los delfines.

Se sabe que los investigadores pasaban seis días a la semana a solas en un tanque con los delfines, animales que constantemente tienen impulsos sexuales. Al principio algunas investigadoras solían transportar a los delfines al tanque donde estaban las hembras, pero no sólo hacían eso, también los terminaban masturbando.

Junto a esas extrañas prácticas, se sumaron las del doctor Lilly que era uno de los pocos neurocientíficos que había obtenido permiso de la administración estadounidense para investigar si una dosis de la droga LSD tenía propiedades terapéuticas en los pacientes de salud mental.

El neurocientífico pasó a administrárselas a los delfines sin lograr nada más que drogarles.

La estimulación sexual y las dosis de LSD a los delfines terminaron ensombreciendo el proyecto y fue a finales de los años 70 cuando la revista “Hustler” sacó un artículo que, aunque distorsionado, daba a conocer al público las extremas y raras actividades con los delfines.

En la actualidad se ha demostrado que los delfines tienen una gran inteligencia, pero fue la falta de ética la que arruinó aquel proyecto tan polémico.

CULTURA COLECTIVA

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