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New York Times: ¿Es momento de boicotear el ron venezolano?

New York Times: ¿Es momento de boicotear el ron venezolano?

Hace poco me llegó una pregunta de una lectora sobre el ron venezolano. “¿Es ético seguir bebiéndolo dada la terrible situación política y económica actual?”, escribió en un correo electrónico. “Me fascina el ron añejo y recientemente me enamoré de todos los rones de Venezuela, especialmente de Diplomático. Al comprarlo bromeo con que estoy apoyando al pueblo de Venezuela, pero ¿sí lo estoy haciendo? ¿Debería dejar de beberlo? ¿Quién es realmente propietario de estas empresas?”.

El contexto de sus preguntas es una Venezuela cada vez más aislada internacionalmente en medio de una crisis económica, con hiperinflación y dificultades para la supervivencia básica derivadas de la escasez de alimentos; la población pasa hambre mientras el gobierno socialista de Nicolás Maduro tiende hacia el autoritarismo.

¿Evitar los productos de un país es la respuesta adecuada? ¿Se justifica siquiera? ¿Si implementas un boicot, haces alguna diferencia para las marcas de ron, como Diplomático o Santa Teresa?

“En un país como Venezuela se viven dilemas éticos todos los días”, comentó Alberto Vollmer, director ejecutivo de Ron Santa Teresa, la empresa de ron más antigua del país. Comparó el operar en esa nación con caminar sobre cascarones de huevo intentando no romperlos… y después reconsideró: “Más bien sobre botellas rotas”.

En la actualidad, el petróleo domina la economía de Venezuela, aunque la historia del ron en el país se remonta a la época colonial. Ese licor nació de los sobrantes del proceso de conversión de la caña en azúcar y se convirtió en la moneda de cambio de la época.

Los boicots están de moda en este momento. Uno reciente es el convocado contra empresas que mostraban anuncios durante un programa de Fox News, cuya conductora, Laura Ingraham, se burló de los jóvenes sobrevivientes del tiroteo de Parkland.

“No hay una receta ni una solución que sirva en todos los casos en lo que respecta a la ética, los boicots y el autoritarismo”.Thor Halvorssen, venezolano-noruego de la Human Rights Foundation.

En una democracia, decidir cómo gastar tu dinero sí parece un derecho fundamental. Aunque también hay quienes consideran, como el exbasquetbolista y ahora columnista de The Guardian Kareem Abdul-Jabbar, que puede surgir un “cansancio del boicot”.

La primera persona a la que llamé para hablar sobre el ron venezolano fue a Thor Halvorssen, un activista que dirige la Human Rights Foundation, un grupo pro derechos humanos que organiza el Foro de la Libertad de Oslo, una conferencia que rinde honores a los disidentes de todo el mundo.

Halvorssen tiene la doble ciudadanía, venezolana y noruega, y tiene raíces profundas en ambos países. Piensa que los boicots deberían centrarse en los gobiernos represivos, en vez de ir en contra de las opiniones de, por ejemplo, el propietario de alguna marca.

“Participar en boicots que disminuyen la libertad de expresión de una persona probablemente no sea una buena idea, porque puede resultar contraproducente para ti”, comentó. Respecto a una convocatoria reciente para boicotear el festival de música Coachella por comentarios que el propietario hizo sobre los derechos de los homosexuales, indicó que este “no puede ordenar que te torturen y te saquen”.

También comentó que “no hay una receta ni una solución que sirva en todos los casos en lo que respecta a la ética, los boicots y el autoritarismo”, pues dependía más de cada situación y cada empresa.

Cree que las ganancias derivadas de comprar bienes originarios de lugares como Cuba acaban ayudando a un gobierno represor y, con relación a Venezuela, su opinión sobre boicotear según quiénes son los propietarios tiene algunos matices. Fue vehemente sobre un ron en particular: Santa Teresa y su propietario, Alberto Vollmer.

“Es un embajador del régimen”, comentó. “Nadie debería comprar Santa Teresa”.

Por un lado, Vollmer, de 49 años, ha trabajado para rehabilitar a los pandilleros y jóvenes que han cometido actos de delincuencia en la región donde se produce el ron a partir de un ambicioso programa de capacitación laboral llamado Proyecto Alcatraz. También organiza prácticas de rugby para pandilleros y reos. Por otro, el ejecutivo también ha generado controversia desde hace tiempo por alcanzar acuerdos con Maduro y con su predecesor, Hugo Chávez. Además, tiene una estrecha relación con Tareck el Aissami, vicepresidente de Venezuela, a quien Estados Unidos sancionó por ser narcotraficante.

Vollmer avivó el resentimiento el año pasado cuando apareció al lado de Maduro, pronunció un discurso, le dio un fuerte apretón de manos y habló de recibir ayuda económica gubernamental en medio del caos económico. “Recibió subsidios del gobierno y luego apareció en televisión para alabar al gobierno, en Venezuela y en todos lados”, comentó Halvorssen, llamando a ejecutivos como él “facilitadores clave del régimen”.

Me reuní con Vollmer en Nueva York a finales de abril para escuchar su lado de la historia. Es un ejecutivo carismático cuyo bisabuelo fue un comerciante de Hamburgo que se casó con una prima hermana del prócer Simón Bolívar (Halvorssen también es descendiente de Bolívar).

El ejecutivo licorero manifestó cierto remordimiento por aquellas reuniones tan públicas con el gobierno, aunque eligió sus palabras con cuidado (algo que era de esperarse). “Hablé en un mal momento y quizá con el lenguaje corporal equivocado. No quizá, sino muy seguramente”, señaló sobre su acto con Maduro. “Sabes, he escuchado el discurso varias veces y, si te fijas en el contenido del discurso, el contenido no estaba mal. El lenguaje corporal estaba mal, el momento también”.

Sobre Venezuela en sí destacó: “Para mí, el principal dilema ético que tengo todos los días es, básicamente, pensar si está bien quedarse aquí”, dijo. “Poner a mis tres hijos en peligro… tengo un bebé de seis meses, uno de 4 años y otro de 6 y, por supuesto, a mi esposa. Cada día que están ahí, sus vidas corren peligro”.

“Pero luego pienso que si me voy, ¿qué es lo que se queda desprotegido?”, agregó. “Estamos hablando de 7500 familias que dependen de ti; está el desarrollo del país; una responsabilidad que hasta cierto punto pesa sobre mis hombros y que, en esencia, estaría abandonando”.

Comentó que el gobierno le otorgó a su empresa una línea de crédito y que usó un millón de dólares para comprar barricas para añejar ron. Cuando le pregunté qué opinaba del gobierno, hizo una pausa.
“Caray”, dijo. “Estoy pensando cuál es la respuesta correcta”.

“Diría que hemos cometido errores y cuando digo ‘hemos’, estoy hablando como país. Hemos tomado decisiones que han sido equivocadas y que nos han llevado a un país en crisis, aislado. Ahora creo que el mayor reto que tenemos como país es idear juntos una visión unificada, una visión común”, opinó.

Su empresa ha sobrevivido 221 años y Vollmer parece estar decidido a seguir adelante en este entorno difícil para cualquier empresa. En abril, los desafíos de operar un negocio en Venezuela fueron evidenciados con mayor claridad después de que Chevron evacuó a sus ejecutivos cuando dos de sus trabajadores fueron encarcelados por una controversia contractual con la petrolera estatal PDVSA.

“En un entorno tan polarizado, si estás tratando de ser neutral, todos te van a atacar”, afirmó Vollmer. “Si te vas, si los buenos se van, ¿quiénes se van a quedar? ¿Quién va a ayudar a que las cosas vayan en la dirección correcta? Y cuando las cosas se abran un poco, ¿quién va a estar ahí para construir?”.

Otras empresas de ron han adoptado un perfil más bajo. Victoria Cooper, vocera de Diplomático, emitió una declaración que estuvo a la altura del nombre de la empresa: “Estamos conscientes de la difícil situación que enfrenta nuestro país y es nuestro deber apoyar a nuestra comunidad local y a nuestros empleados como mejor podamos”.

Halvorssen, por su parte, cree que debería haber más cuestionamientos respecto a las condiciones políticas en las que se fabrican los productos.

“La gente es lista cuando se trata de comprar alimentos, como cuando compra huevos de gallina de libre pastoreo”, dijo. “¿Por qué no tener una política individual sobre con qué comercios sí tratar?”.

NYT

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